La espina de Gélide

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Existe en la ciudad de Alazor, entre el pasado y… bueno, el pasado más lejano aún, la historia de una mujer llamada “Gélide”. Cuando Alazor era todavía un pueblo ‒antes de la llegada de los irlandeses‒ Gélide llegó a vivir con su familia cuando tenía apenas cinco años. Su madre era una curandera y su padre un pescador. Gélide se crió jugando junto a su vecino, el pequeño Rafael, en los espesos bosques repletos de almendros y robles de la zona norte del pueblo. Era la muchacha más feliz que podía existir… hasta que su padre falleció de fiebre palúdica. Sucedió justo una tarde cuando ella se encontraba en el bosque corriendo. Durante el funeral de su padre, Gélide llevó consigo una rosa blanca con espinas.    Antes de dejarla sobre la tumba, la pequeña se clavó a propósito una de las espinas en el cuello, justo bajo la oreja mientras fingía secar sus lágrimas con el dorso de su mano. Al cometer aquel acto de autodestrucción, susurró: “con esta espina le doy muerte a mi felicidad, no más juegos, desde ahora mi corazón será una fosa negra y gélida. Te amo papá”. A partir de aquel evento, Gélide se volvió silenciosa, ensimismada, melancólica y secretamente amargada, no volvió a salir de la cabaña. Atrás quedaron las competencias que hacía consigo misma durante sus carreras subiendo y bajando empinados senderos. Su madre le suministraba tisanas de melisa, tónicos de amapola y condimentaba sus platos con mejorana en un intento por mitigar su luto que parecía no darle tregua. Fuera el día que fuera, Gélide permanecía con un semblante inconmovible y una pena que no la abandonaba. Una mañana de abril, tras ocho años de silencio fabricando velas de cebo animal, Gélide escuchó algo que la sobresaltó mientras miraba absorta el fogón de la cocinilla: un fuerte rasqueteo se hizo sentir tras la pared de tablas a su derecha que colindaba con la cabaña de otro pueblerino. Con el corazón acelerado de miedo, Gélide caminó lentamente hacia la pared cuando de pronto, una de las tablas se corrió hacia el lado como una moderna puerta corrediza, dejando ver inmediatamente un par de ojos ambarinos en los que se reflejaba el tenue brillo del fuego y que brindaban una mirada jovial, llena de vitalidad. Sobre su frente se dejaba caer un poco de pelo oscuro. Era un joven casi de la edad de Gélide, quien para ese entonces ya era una adolescente.

‒¿Y tu quién diablos eres? ¿Qué es lo que quieres? ¿Acaso no conoces la privacidad? ‒dijo Gélide rápidamente y con antipatía por el sobresalto.

‒Lo lamento no quise molestarte, es que… me preguntaba de que otra forma podía volver a verte.

‒¿A qué te refieres con “volver a verme”? ¿Nos conocemos a caso?

‒Gélide, soy yo, Rafael.

A Gélide se le llenaron los ojos de lágrimas y se acongojó al darse cuenta que tras haber tomado la decisión de aislarse del mundo, había abandonado a su mejor amigo de la infancia, a su compañero de carreras.

‒¡Oh Dios mío! lo lamento… Rafael ¿de verdad eres tú?

Gélide se acercó aún más a la pared y con las manos temblorosas y húmedas le tocó el rostro al muchacho, no podía creer que aquel fuese Rafael.

‒No, no por favor, no llores más… te oigo hacerlo cada noche, no sabes los deseos que he tenido de hablar contigo. Le preguntaba a tu madre, pero me decía que no querías ver a nadie, que querías estar sola y que no volverías a salir de casa.

‒Es cierto, es cierto, Rafael yo… no he salido de casa en los últimos diez años. No puedo explicártelo… es muy doloroso y complicado.

‒¿Por qué no sales a pasear conmigo al bosque? será bueno para ti.

Tras pensarlo durante casi un minuto y varios suspiros, luchando contra el sentimiento de seguridad y de contención que le ofrecían las paredes… Gélide finalmente aceptó la invitación de Rafael y acordaron juntarse ese mismo día antes del atardecer en el robledal.

Cuando Gélide le dijo a su madre que iba a salir, esta dio un respingo de emoción. ¡Estaba tan feliz! Su hija, que no abandonaba ese aire viciado de la casa desde los cinco años, por fin había decidido ponerle fin a ese eterno duelo sin sentido. Luego de que su madre casi  tuvo que obligarla a que se pusiera un vestido de color te con leche, Gélide salió de la cabaña al encuentro, o mejor dicho reencuentro de su amigo.

Al principio, a Gélide le costó trabajo recordar la distancia y ubicación del robledal. Era el mismo en el que ella y Rafael solían corretear cuando eran niños, pero el encierro la había hecho olvidar aquellos recuerdos y perder toda familiaridad con el entorno, con aquel terreno sobre el que estaba caminando sin saber exactamente hacia donde. Al pasar unos arbustos de lavanda amarilla, Gélide escuchó:

‒¡Ey! ¡Gélide! ¡Por aquí!

Era la voz de Rafael, quien la estaba llamando desde el otro lado del bosque a tan solo unos metros de distancia. Abriéndose paso entre los arbustos, Gélide logró visualizar al muchacho. Estaba sentado sobre el tronco seco de un roble que parecía haber sido cortado desde hace bastante tiempo. Cuando Gélide caminó en dirección hacia él, Rafael se puso de pie, tenía un ramo compuesto de anemonas, claveles rojos y entre medio… una rosa blanca. Al reparar en ese detalle, Gélide sintió que se le helaba la sangre y se llevó la mano al cuello, donde todavía tenía incrustada la espina y cubierta con una cinta de seda negra. Aquella flor era un cruel recordatorio de la tormentosa angustia que se había apoderado de su corazón el día que su padre había fallecido. Sintiendo un pánico atroz y una angustia desbordante en el pecho , salió arrancando sin siquiera haber saludado a Rafael. A medida que Gélide corría por el bosque, se volvió a sentir amargada y se sintió aún peor al darse cuenta que estaba corriendo como en aquel día en que su padre agonizaba por la fiebre y ella estaba jugando.

‒¡Nunca más! ¡Nunca más! ‒exclamaba jadeando y con los ojos llorosos.

Mientras saltaba obstáculos y pensaba en su casa, en lo segura que ahí se sentía sumida en su soledad autoimpuesta… ¡PAFF! Gélide cayó vertiginosamente al suelo. Al impactarse su cuerpo con la tierra, la espina se le hundió todavía más en el cuello, provocándole a Gélide un agudo dolor. La espina estaba cerca de una vena importante y Gélide deseaba más que nunca que su madre, que era curandera, hubiese estado ahí para auxiliarla. Mientras la joven se quejaba de dolor a ojos cerrados y esperaba desangrarse hasta morir… apareció un hombre alto de cabello oscuro.

‒¿Papá…? ¿Eres tú…?

Era Rafael quien la había seguido a toda velocidad.

Al percatarse de que en el cuello de Gélide había un elemento extraño, Rafael se agachó y lo examinó: era una espina. Hallándose dubitativo ante la imposibilidad de arrancarla con los dedos, Rafael estrechó a Gélide entre sus brazos, la levantó hasta tener su cara cerca de la suya, posó sus labios delicadamente sobre el cuello de la muchacha… y le arrancó  tiernamente la espina con la punta de sus dientes, escupiéndola en el acto sin hacer ni un ruido, como si se tratará de un veneno, sin el cual la felicidad volvió a colmar el corazón de Gélide.

Joaquin Toro.

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