Inocencia

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La vida de Joshua era tan apacible, tan deliciosamente cómoda y libre de preocupaciones propias del mundo adulto. Su entrañable cuerpecillo adolescente, independiente y a la vez carente de experiencia sostenía una existencia casi envidiable. Era un chico bueno.

       Cada mañana, Joshua salía de su casa camino al instituto. No era posible decir que alguien de su edad no tuviese aún la madurez esperada, pero había algo en su cuerpo, en sus ojos y el resto de su ser que lo convertía en una criatura frágil, de maneras relamidas y entendimiento pueril. Si bien sus compañías eran escasas, aquella tarde tan oscura fue el pedal que impulso su corazón.

       Flanqueó la calle durante tres cuadras, tres malditas cuadras que, con su mutismo proveniente de plantas y flores terriblemente devotas de la soledad no hicieron más que abrirle el apetito de algo hermoso y en verdad vivo. Fue cuando vio que ella venia. Supo que era una mujer mucho antes de verle el rostro; inexplicable, eso es lo que fue la sensación cuando se acercó a él; la velocidad perdió sincronía con el tiempo. Sus ojos de niño inexperto de amores fueron acechados por la inherente sensualidad de la chica. A esas horas de la noche aquel debía de ser un acto ilegal. Durante una fracción de segundo, Joshua no entendió bien lo que pasaba, pero ella se encargó de dejar en claro que no pretendía llegar a ninguna parte. Solo pasó a su lado y él se limito a la difícil tarea de no darse la vuelta y mirarla por completo, sin embargo, aquello último no fue necesario.

   Ella dio marcha atrás.

   ­—Disculpa ¿tienes fuego?

   “todo yo por dentro está en llamas” —pensó Joshua.

   —No, no tengo.

   —Ok —dijo—. Chao.

   Y se fue.

       Él se quedó mirándole la espalda, el cabello rizado que a los rayos de la luz mortecina reflejaba tonos cobrizos y aspirando el inevitable perfume que su cuello desprendió al moverse. Joshua pudo jurar haber oído el palpitar de su corazón.

Esa noche, cuando llegó a casa, algo había cambiado, había dejado de ser él mismo cuando se encontró con aquella desconocida. Sentía, acostado en su cama con las piernas enredadas en la oscuridad de las sabanas, que la sensualidad de la chica le había perforado la mente y ahora cada pensamiento giraba en torno a ella. Joshua era virgen, y hasta entonces no había pensado en dejar de serlo, pero las imágenes que se sucedían ahora le exaltaban el deseo. Lentamente comenzó a sumergirse en un sueño que devoró su conciencia… bueno, digamos que, para ser justos con Joshua, el sueño que tuvo esa noche se lo devoró a él.

       Estaba en la misma calle donde había encontrado al objeto de sus fantasías. Se sentía perdido y a la vez tenía la certeza de estar cerca de lo que andaba buscando. Pero ella no se veía por ninguna parte; la calle lucía sola, triste, esteparia como él mismo en su fuero interno. Caminó la vereda durante un rato, sentía como si flotase en el aire, la incertidumbre se estaba volviendo angustia; la necesitaba de un modo vital. De pronto, se percató de que algo le seguía, era algo similar a un perro de color negro. Joshua se detuvo y lo observó lo mejor que pudo, era difícil saber qué era con exactitud; había ligeras manchas claras en su cuerpo y a ratos, parecía que sus ojos pasaban de amarrillos a grises, tal como lo hacía su pelaje, lo cual sugería una mezcla entre lobo, coyote y perro. El cuerpo del animal temblaba como si tuviese frío. Joshua acarició y friccionó vigorosamente su cuerpo para transmitirle calor. Tenía las orejas y la nariz heladas. El animal le lamio las manos con desgano, sus ojos miraban al chico y luego bajaban al suelo.

       Siguió el camino en compañía de aquella criatura. El cielo era de un naranja asalmonado que mutaba en una tonalidad escarlata, representando una bóveda atestada de nubes gordas y sucias. No fue sino hasta llegar al mismo instituto cuando la encontró. Ahí estaba ella, tan hermosa y misteriosa como en el primer encuentro. En ese momento, el perro le mordió la mano, pero él no sintió ni un solo dolor.

      Abrió los ojos, despertó de súbito pero con el corazón tranquilo, latiendo apacible y satisfecho por el descubrimiento.

“Va al instituto” —dijo para sí.

       No sabía cómo, dado que un sueño no podía ser más que eso, pero sabía que ella debía ir al mismo instituto que él. Esa mañana llegó ahí y no la vio en la entrada, se decepcionó aunque albergó un trozo de esperanza. Cuando estaba en clases se sentía fatigado, era como esperar por la eternidad, la hora avanzaba y él sabía dentro de su pasividad que ahí dentro no la encontraría, tenía que salir a buscarla. Su piel estaba pálida, su mirada, hundida, verde y muerta. El parpadeo era lento, alimentado de sueño. Sus labios carnosos se volvieron del rojo de las manzanas cuando se los mordía de impaciencia. Jamás se había sentido así… ¿Cómo podía sentirse así por alguien a quien solo había visto una vez? Miró a través de la ventana que daba hacia el pasillo y detuvo la mirada en una chica… su chica. Ahí estaba ¡ahí estaba! Rezó porque no fuese una alucinación. El timbre sonó, todos abandonaron el salón muy deprisa y él se abrió paso entre el tumulto para llegar a ella. Ya no estaba en el pasillo, miró hacia todas partes y divisó su cabello rizado descendiendo por la escalera. La siguió con mesura, refrenando el impulso de gritarle algo o correr para alcanzarla con las manos. Llegaron al patio y entonces pudo verla: era más hermosa aún a la luz del día. Mientras la joven hablaba con una amiga, Joshua la escrutaba con la mirada perdida. Su atención en ella era absoluta así como su devoción por su belleza. De pronto deseó que ella fuese suya. No había caído en la cuenta de que ella ignoraba sus deseos carnales, su pasión, y en ese preciso instante, ella lo vio. La realidad jamás tuvo un color más hermoso. Él alzó su mano en un tímido intento de saludar. Ella lo recordaba, le devolvió el saludo de la misma forma.

   —¿Quién es? —pregunto la chica con la que hablaba.

   —Alguien que vi anoche. Je, je, no tenía idea que era de acá. Está para comérselo.

   —¿Te gusta?

   —No sé. Solo lo vi anoche, lo encuentro lindo.

   —Ya. Te gusta.

   Una sonrisa picara y una mirada huidiza delataron sus emociones: le gustaba Joshua ¡Y él sin saber aún!

   Ella levantó los hombros para disimular, como diciendo “me da lo mismo” y volvió a mirarlo, pero Joshua había desparecido.

       Había ido al baño a tomar agua, mucha agua. Se mojó la cara y se dijo así mismo con una sonrisa “la encontraste”. El corazón le iba a cien y tenía las manos heladas, aunque en realidad siempre lo estaban, pero ahora le sudaban copiosamente. Decidió tomar un respiro, aquietarse unos minutos para no enloquecer…y se calmó. Tenerla cerca equivalía en cierta medida a tenerla para él solo.

      Llegada la tarde Joshua salió de clases ¿Saldría ella a la misma hora? ¿Tomaba el mismo camino para irse a su casa? Y fue entonces cuando la vio abandonar el instituto. Salió casi de inmediato tras de ella, para su suerte, avanzaba por la misma calle que él durante la noche anterior. Dobló por la esquina y a continuación, tras unos diez segundos, Joshua salió de la misma esquina, pero ella ya no estaba ¿Dónde había ido? Estaba oscuro, tal como en su sueño. Avanzó unos pasos, miró en todas direcciones.

   —¿Me estas siguiendo?

       Joshua se volvió hacia atrás y ahí estaba, apoyada contra el tronco de un árbol que engullía su grácil figura. Tenía la pierna levantada y el pie apoyado contra el tronco. La falda negra se recogía y revelaba piernas expertas y dulces.

   No sabía qué decir.

“sí, te sigo desde anoche en mis sueños”

   —No ¿Por qué?

   —Yo creo que sí —dijo—. Podría denunciarte —aquello habría sido más atemorizante si no hubiese sonreído.

   —Sí, si te sigo, y te pido disculpas —balbuceó nervioso.

   —No estoy enojada.

   —¿De verdad?

   —Sí ¿A caso me veo enojada?

   —Yo lo estaría.

   Ella se acercó, a él se le seco la boca, tenía sed; su perfume penetró en su nariz.

   —¿Y cómo sabes que no soy yo la que te sigue a ti? ¿Eh?

       Joshua sonrió, nervioso, el deseo se mezcló por primera vez con una sensación de peligro. Como si hubiese algo acerca de aquel encuentro que pusiese a uno de los dos en riesgo, pero ¿riesgo de qué? Eran dos completos desconocidos.

   —¿Cómo te llamas?

   —Joshua —dijo— ¿y tú?

   —Valentina. Oye, hace frio, y tiene toda la pinta de que va a llover —dijo elevando la mirada—, caminemos.

   Juntos avanzaron a paso lento.

   —Eres del instituto, aunque no me había fijado en ti —dijo ella.

   “O sea, ya me habías visto, solo que no me habías notado”

   Joshua respondió con una risa suave y sin vida. Pasaban frente a una catedral.

   —Era broma lo de seguirte ¿te diste cuenta, cierto?

   —Sí. Pero… yo quería saber de ti.

   —¿Por qué?

   —No sé, la otra noche cuando te vi me dio la impresión de que querías…

   En ese preciso instante se miraron, pero ella no esperaba nada, no quería saber nada mas allá de lo que veía porque lo que veía era más de que suficiente. Valentina miró dentro de sus ojos y luego sus labios, aquel par de labios rojos como manzanas. Joshua la cogió de la mano.

   —Entremos.

   —¿Qué?

   —Ven.

   —¿Por qué?

   La lluvia se dejó caer inadvertida sobre Alazor como diluvio castigador. De un minuto a otro, las calles se anegaron de agua; los gruesos goterones impactaron todo alrededor de ellos.

   —¡Mierda, mi pelo! — valentina se cubrió con ambas manos los rizos, pero en tres segundos quedó como rata mojada.

   —¡Ven, apúrate!

   Esta vez ella le dejó guiarla y juntos ingresaron a través de dos puertas gigantes adornadas de orlas de fierro.

   Tras esas puertas solo había oscuridad. Era la entrada lateral de la monumental basílica que los refugiaba de la tormenta. Estaba menos helado, pero la luz era un problema. Permanecieron tras las puertas, agazapados a un pared, húmedos, agitados y observando la ventanilla de mosaicos con la imagen de una cruz malta con una rosa intrincada en el centro.

   —Lo siento —dijo, aunque él no había causado la lluvia, no tenía qué lamentar.

    Él sonrió y a pesar de la oscuridad, supo que ella también. Sus rostros estaban próximos.

       El perfume de Valentina se exacerbó, lo inundó todo, como la lluvia. Fue como soltar un oscuro secreto en un ambiente igual de oscuro ¿Quién más sabría sino Joshua? Él sentía el aroma y se excitaba de un modo sutil, no lo verbalizó, no se atrevía.

   —¿Y ahora? —dijo en susurros— ¿Qué hacemos?

   —Esperar que de detenga —señaló él.

   —No hablaba de eso.

   —Es un lugar sagrado.

   —Ya lo sé.

   Hubo una larga pausa. Se sucedió un relámpago que, por un segundo, hizo visibles los rostros de los jóvenes. El fragor del trueno fue grave y formidable. Durante un breve instante, los vidrios del mosaico cobraron vida… Y se besaron, fue un hecho en mutuo consenso de los cuerpos, algo que a Joshua le puso a cien. El corazón le latía deprisa y a Valentina le supo maravilloso el momento. Era exquisito sentir la carne de sus labios, la dureza de sus pómulos, la respiración jadeante que vibraba al son de la de ella. Él se mareaba, atontado de placer.

   —Vamos a mi casa —dijo ella.

   —¿Cómo?

   —Rápido.

   Se abrieron paso entre la lluvia y el tráfico sin decir nada. Iban con prisa. Valentina vivía en un departamento. Subieron las escaleras, la lluvia repicaba con estruendo. Llegaron al tercer piso y ella saco las llaves. Tenían un llaverito de coca cola que brillaba en la oscuridad. Abrió la puerta, entró y el siguió el paso, aventurándose a la ajena y a la vez excitante fantasía. La puerta se cerró tras de Joshua y él se sintió nervioso. Valentina estaba vuelta loca, tomó su rostro entre sus manos y lo cubrió de besos y lamidas tiernas que se fundieron en su piel.

   —Vamos a mi cuarto —susurró ella en su oído.

   —¿Vives sola?

   —Vivo con mis padres, pero no llegan aún. No disponemos de mucho tiempo. O quizá sí. Depende de ti, campeón.

   Joshua no sabía si ceder a lo que pasaría o inquietarse por aquella última información.

   —No temas, no te haré daño.

   —Lo sé.

       Joshua la cogió entre sus brazos, ella no paraba de besarlo, de un salto enroscó sus piernas alrededor de él. Se trasladaron a la habitación de la chica y ahí se desnudaron. Sus cuerpos burlaban el frio y la lluvia. En aquel escenario, en medio de esa cama chillona, Joshua comprendió la naturaleza del asunto. Cada vez que la besaba y hundía su nariz en sus pechos comprendía el aroma que le movía los sentidos. Su apetito por su cuerpo creció, creció demasiado, tanto que no logró dominarse.

       Comenzó por su cuello, que fue lo que le llamó la atención desde el comienzo; hundió sus labios en él y luego succionó hasta traspasar su piel con sus dientes. Ella gritó y el la ignoró. Comenzó a desangrarse pero él solo pudo seguir mordiendo su carne y masticándole la clavícula. La sangre manaba a borbotones. Su oreja ¡que bella oreja! La mordió arrancando el lóbulo cual racimo de uvas se devora en verano. Escupió el aro y continuó con los pechos hasta perderse en sus carnes vivas y gelatinosas. La horas avanzaron lentas para Valentina que aún seguía vivía mientras él la devoraba hasta que finalmente, se desmayó. Él continuó la ardua y deliciosa tarea de comérsela. De ceder a sus instintos y no dejar que otro u otros la tuviesen. No, eso no sucedería. Cayó en un profundo sueño. Quizá el atracón de carne y sangre lo arrebataron al mundo del descanso. Por fin había conseguido saciar los deseos que ni él había entendido en un comienzo.

   Horas más tardes, el temporal había remitido su furia.

   Joaquín Toro

   “Entre sombras 2”     

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