Entre sombras: Los warren

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Nunca fui una mujer preocupada de estar al tanto de lo que pasaba en el condominio. Me consideraba una escéptica en cuanto a toda clase de supercherías relacionadas con monstruos, hadas, duendes y toda esa batería de ridiculeces que según algunos de mis vecinos sucedían en el lugar, pero fue precisamente esa suerte de descreimiento lo que acabó con la vida de alguien más.

       Me casé con Newton cuando tenía treinta y nueve. Nos conocimos durante una fiesta en la universidad y si bien mi clásico estilo de pérdidas amorosas había sido un augurio desalentador ante cualquier compromiso, él, siendo el hombre paciente que era, esperó tranquilo el momento adecuado para pedirme matrimonio. Aquello fue hace tres años. Doce meses más tarde, nos mudamos al condominio de Alazor.

   Nuestra casa era maravillosa, de dos pisos, seis habitaciones, tres baños y una amplia cocina americana. Una casa construida bajo las estrictas normas del estilo tudor, pintada de rojo escarlata. Decoramos el frontis con petunias multicolores, pensamientos, orejas de oso y gladiolas rojas; uno que otro rosal se plantó alrededor de la cerca que colindaba con Los Nottingham, pero los botones jamás florecieron.

       Los Nottingham vivían al costado izquierdo, mientras que al derecho, vivía Elías, un agradable hombre que trabajaba en una compañía inmobiliaria. La seguridad que otorgaba nuestro hogar era formidable. Por dentro, la casa estaba revestida de una atmosfera tan acogedora que al entrar, nuestros invitados decían ser “acariciados” por los muros. Yo se lo atribuía al color crema del que estaban pintados y al techo de madera barnizada que al contemplarlo daba un aspecto cálido y suave. Los Nottingham era una familia muy antisocial, recuerdo que en aquel entonces a la esposa de Scott se le veía vagar como zombi por las calles… Muchos creían que su marido era un delincuente de terno y corbata, además jamás se les veía mucho fuera de casa.

       Pasaron dos meses desde que nos habíamos mudado y dentro de ese período ya habíamos conocido a casi todo el mundo. Sin embargo, comprobé estar equivocada respecto a ello una mañana que me levanté a desayunar en el balcón. No se trataba de algo inaudito, como tampoco lo era el ver nada menos que a una mujer joven de cabello moreno saludarme desde mi propio jardín. Jamás había visto a esa mujer, sin embargo, no era alguien estrictamente sospechoso —Newton siempre decía que era paranoica—, había algo interesante acerca de la forma en que me saludaba; sus ojos eran grandes, su cuerpo, delgado y llevaba un rosa en la otra mano.

       Transcurrió un minuto y ella seguía saludando, su mano se agitaba en el aire con insistencia, como si yo me hallase en una colina a kilómetros de altura y fuese incapaz de verla. La tacita de porcelana en la que me estaba bebiendo té con leche se trisó, la observé y me percaté de que la leche se había separado del té formando una silenciosa tormenta en la taza. Cuando volví mis ojos hacia la mujer, esta ya se había marchado. Logré atisbar su camiseta roja cuando caminó hacia la derecha calle abajo.

       Sostuve mi taza y durante un buen rato el té se mantuvo como una nube de tinta china flotando caprichosamente en la superficie. Aquel evento durante el desayuno me inquietó como nada lo había hecho antes ¿Quién era aquella mujer? ¿Sería una nueva vecina? Hasta ese momento no me había enterado de una nueva mudanza, por lo que tendría que haber sido algo muy reciente, y la forma en que había saludado, con esa persistencia casi enfermiza, excediendo los límites de lo habitual…

       Aquel día tuvo lugar el aniversario de la comunidad. A media mañana la actividad en las calles estalló con risas de niños y adultos que además de pasarlo bien se las arreglaban para decorar el entorno, en especial las decenas de mesas que habían ordenado a lo largo de la calle frente a nuestra casa. Newton también habían ayudado, se trataba de una celebración anual del vecindario durante la cual los participantes se sentaban a comer comida casera, aunque según Elías, lo que estaba de moda era llenar la mesa de papás fritas y nachos picantes, y aunque Newton solo bebía cerveza caramelizada sin alcohol, estaba dispuesto a aceptar el nuevo ponche que Elías había preparado para la festividad.

       Cuando el sol cayó rendido sobre la tarde, la noche se encendió de alegría y todos salieron de sus casas a comer. La mesa estaba servida y los niños tenían su propio sector. Me sentía viva como nunca al ver a Newton bailar ¡mi esposo era un payaso! Éramos cientos de personas, sin embargo, aún no veía a la misteriosa mujer de aquella mañana, aunque sí se dejaron ver algunos que podrían haberse considerados como extraños en una ocasión como esa.

   Una de mis mejores amigas, Amy, estaba conversando con nosotros.

   —Es en serio, Paulina, debes probar este ponche —dijo mientras lucía su vasito plástico como si fuera un néctar de dioses.

   —Elías se ha destacado este año con el ponche.

   —No solo con el ponche, querida, Elías es el hombre perfecto. Me pregunto por qué su novia se ve tan frígida y lunática —comentó haciendo una mueca con los labios mientras hacía una pared anti-chismes con la mano.

   Amy era soltera, de hecho la única amiga soltera que me iba quedando y, en ciertos momentos, por esa misma razón, mi única amiga de verdad. Si bien Amy era loable en situaciones importantes, no era una bebedora moderada.

   Sus comentarios ácidos sobre los impúdicos actos de los vecinos siempre resultaban ser tan graciosos como ciertos y esta vez no fue la excepción.

   —Ja, ja, un segundo, Amy ¿Elías tiene novia?

   —¡Pues claro! Me sorprende que se te haya pasado ¡vamos! El sujeto vive al lado tuyo.

   —Pero…

   —Aguarda un segundo ¡allí están! Los voy saludar.

   No alcancé a decir ni media palabra cuando Amy salió pitando hacia ellos, no sin antes haberse acomodado los senos como si el escote no hubiese sido suficiente para atraer las miradas de todo el planeta.

       Seguí con la mirada a Amy y me fijé en la novia de Elías, en realidad se veía simpática, era más joven que él, claro, pero tenía una sonrisa brillante y de inmediato ella y Elías miraron hacia donde yo estaba. Amy medio ebria pero en gran parte entusiasmada me los presentó.

   —¡Elías!

   —¡Paulina!

   —¡Estas delgado! —Bromeé— Y… comprometido —Elías había alzado su mano luciendo una sortija dorada mientras su novia admiraba la suya con elegancia y esplendor. La de ella brillaba aún más y ostentaba una piedra facetada de singular luminosidad.

   —¡No es un diamante! ¡No se engañen! —dijo ella riendo.

   —Paulina, esta es Alexandra —intervino Amy—, la novi… perdón, la prometida de Elías.

   —¡Vaya!

   —Alexandra, esta es Paulina, una vecina.

   —Muchísimo gusto —expresó Alexandra, dedicándome una mirada amable.

       Amy podía estar equivocada en cuanto a lo de “frígida” y “lunática” en este caso. La muchacha se veía esplendida con aquel vestido amarillo canario que descendía en un tono azulado. Su expresión era agradable y tenía buen trato.

   —De acuerdo, mientras me recupero de la noticia del compromiso relámpago, tendrás que decirme de dónde eres y como se conocieron —le dije.

   La noche se hizo larga de un modo excepcional. La buena nueva se diseminó como mala hierba y todos se pusieron muy contentos por Elías, quien al parecer, antes de que yo y Newton nos mudásemos, había enviudado hacía unos años.

   Algo más de lo que me enteré esa noche.

        Alexandra y yo simpatizamos bastante. Teníamos varias cosas en común y estábamos a punto de tener otra, así que nos la pasamos en grande hablando sobre lo referente a las nupcias. Desde luego no escatimé en consejos para la nueva acerca del matrimonio, pero lo que más me llamó la atención fue lo unidos que eran, y no solo en sentido figurado, en realidad Elías estaba pendiente de ella en todo momento, se preocupaba de llenar su vasito cada diez minutos y le preguntaba si estaba bien, a lo que ella respondía con un beso efusivo y una mirada tierna que descendía hasta sus zapatos. Debo reconocer que aquello me tomó por sorpresa, jamás me agradó la idea llegar a ser la pareja perfecta con Scott, pero supongo que eso era cosa mía, además a nosotros nos había llevado tiempo —años— llegar a dar el gran paso, entonces ¿Qué había disuadido a aquella joven mujer de casarse con Elías? Parecía una chica seria, pero tenía catorce años menos que el novio.

       Al día siguiente desayuné en el mesón de la cocina con Newton. El festejo había cobrado ya sus primeras víctimas, entre ellas, mi esposo, que había amanecido con una resaca espantosa tras beber demasiado ponche. Le serví un licuado anti-resacas muy famoso por recomponer a universitarios ebrios durante mis años de estudio.

   Newton agonizaba en ese momento con el sonido de la licuadora que su madre nos había regalado (también nos había dado un juego de cortinas que jamás puse en la casa). A través de la ventana, sobre el fregadero, era posible vislumbrar los resquicios de la fiesta vecinal. Todavía nadie quitaba las mesas y para qué mencionar el confeti.

   —Me pregunto qué tenía ese ponche —dije al apagar la licuadora.

   —Estaba magnifico —dijo Newton con una sonrisa estúpida.

   Le dediqué una mirada compasiva, sonreí y presioné con ganas el botón que decía “máxima potencia” en la licuadora. Sus oídos casi estallan.

   —¡Basta!

   —Ya está —dije, y apagué el aparato por última vez. Vertí el contenido en un vaso y lo extendí hacia mi malogrado esposo—. Aquí tienes, cariño.

   —Elías es un buen tipo —soltó Newton tras beber un sorbo.

   —Lo es. Aunque esa chica con la que se quiere casar… es algo joven, ¿no crees?

   —El amor no sabe de edades —señaló Newton con su conocido aire de sabio que le sobrevenía después de la borrachera.

   —Vale, pero aún así… ¿no crees que es algo repentino? Por lo que ella me contaba anoche, se conocieron hace cinco meses, comenzaron a salir hace tres y él le propuso matrimonio hace tres semanas.

   —Sí, Elías me estuvo contando también. Él lo llama “segunda oportunidad”, yo le creo, el sujeto se siente amenazado por los cuarenta… —Newton empinó el vaso y tragó un sorbo más largo— Además está lo de su esposa.

   Aquello sonó fuerte en mi memoria.

   —Es cierto ¿Qué paso con ella? Tan solo anoche supe que Elías es viudo.

   —Pues… falleció, querida, por eso le llamamos “viudo”…

   —¡Ya lo sé! —Dije, cortando el sarcasmo con amabilidad— me refiero a cómo murió.

   —No lo sé, él evita hablar del tema ¿puedes culparlo?

   —Supongo que no —contesté mientras lavaba el jarro de la licuadora bajo el chorro tibio de la canilla

       Elías se bebía su licuado y yo contemplaba la calle a través de la ventana cuando vi pasar a la mujer misteriosa, se había detenido justo en la acera que daba hacia mi ventana y me saludó a la distancia sonriendo. Yo devolví su saludo, pero al hacerlo, su sonrisa se vio ensombrecida. Luego se marchó a paso lento. El agua rebalsó el jarro, cerré la llave y los restos del licuado formaron dos ojos tristes como medialunas y una boca abierta y deformada hacia abajo.

       Pasé gran parte del día sopesando la relación entre esa mujer y los extraños fenómenos que traía su presencia. Esa mañana con Newton sobre ella, omití los detalles sobre mi desayuno en el balcón y lo de la licuadora, pero Newton no había escuchado hablar de ella. Para mi sorpresa, Newton había invitado a Elías y Alexandra esa noche. Aquello significaba recurrir a alguna receta que pareciera ostentosa ni simple.

    Esa noche opté por vestir un atuendo semi-formal que resaltara mi figura y escondiese la huella del tiempo a través de mi contextura. Prepararía filetes de pollo y champiñones en rodajas salteados en mantequilla con un toque de vino blanco, crema, y sazonados con tomillo fresco y romero. Mientras terminaba de cocerse el arroz con curry y vegetales, no podía dejar de pensar en aquella mujer y las cosas extrañas que sucedían; no podía dejar de ver caras en cada trasto que colgaba en la cocina. Me encontraba tan absorta que apenas alcancé a percibir el olor a quemado.

       El arroz estaba arruinado. Pronto llegarían los invitados, y Newton era nulo en la cocina. Mientras raspaba la olla con la espátula, sonó el teléfono. Lo descolgué y puse entre mi oreja y el hombro.

   —Diga.

   —Paula… —la voz sonaba afectada, susurrante. Había mucha interferencia. Pero definitivamente era una mujer.

   —Si ¿Quién habla?

   —Puré de calabaza.

   Trataba de adivinar a quién pertenecía la voz, pero era imposible.

   —¿Disculpe?

   —A Elías le gusta el puré de calabaza.

   —De acuerdo ¿con quién hablo?

   La mujer cortó la llamada. Me inquieté sobremanera, sobre todo porque ni siquiera yo me acordaba de la calabaza que había en mi cocina.

   Los invitados llegaron alrededor de las nueve de la noche. Alexandra lucia tan radiante como la noche anterior y Elías no lograba disimular la alegría que despedían sus ojos pardos. Ella había traído un postre de tiramisú y Elías, una botella de vino.

   Cuando los comensales se sentaron en la sala de estar, llamé a Newton a la cocina. La situación me estaba superando.

   —Es en serio, no sé quien rayos era esa mujer…

   —Tal vez era Alexandra ¡relájate…!

   —No me pidas que me relaje Newton, cosas muy raras pasan aquí. Y no, no era Alexandra, porque no tiene nuestro número de teléfono —dije—. A no ser que tu se lo hayas dado.

   —No lo he hecho. Pero quizás alguien sabía que Elías vendría esta noche, quizás… su ex esposa —dijo Newton dando un paso hacia la ventana de la cocina y escudriñando las sombras.

   —¿Pero de qué estás hablando? Su ex está muerta.

   —¡Shhh!

   —¡No he levantado la voz! —exclamé en un susurró exagerado.

   Newton me miró a los ojos y me dijo:

   —Cariño, lamento que tengas que oír todo esto, ¿sí? Pero ellos ya están acá y esperan el… —Newton vio el bol con el puré de calabazas sobre el mesón— Creí que harías tu arroz amarillo —dijo extrañado.

   —Da igual. Será mejor servir y punto —cogí el bol y me dirigí a la mesa.

   Aquella mujer que me había saludado ¿sería la esposa de Elías? ¿Era ella quien había llamado? ¿ ¿Es que acaso había regresado? ¿Cómo se relacionaba eso con los fenómenos inexplicables?

   Dispuse el recipiente al centro de la mesa y cuando Elías lo vio, se sorprendió.

   —Vaya —dijo, con un amago de nostalgia y forzando una sonrisa.

   —¿Qué sucede? —dije, como temiendo una explosión en medio de la velada.

   —No es nada importante —contestó a la vez que me achinaba los ojos como si no se hubiese pasmado ante el plato que, con toda seguridad, su ex esposa fugitiva le había preparado cientos de veces.

       La velada transcurrió exenta de interrupciones. “No es nada importante” —dijo Elías—. ¿Por qué había dicho eso? No podía imaginar el dolor de perder a mi esposo de una manera tan enigmática, de desconocer su paradero o si es que aún seguía con vida, pero la manera en que Elías le había restado importancia a ese detalle tan significativo me causó curiosidad.  Primero habíamos sometido a la pareja a una serie de preguntas inofensivas y graciosas preguntas sobre su relación.

   —La celebración estuvo grandiosa —comentó Elías—, ¿verdad, amor?

   Elías miró a Alexandra mientras esta jugaba con su comida, distraída.

   —¿Qué cosa? —preguntó ella al despegar la mirada del plato. Luego agregó con voz apagada—: si, el festejo fue… uno de los mejores que he vivido.

   —¿Te sientes bien? — le preguntó Newton desde la cabecera.

   —La verdad es que me siento algo débil.

   —Cariño, quizás algo de ponche te haga sentir mejor. No has comido mucho últimamente…

   —Me temo que el ponche podría empeorar la situación —opiné—, tengo algunas píldoras que son para el vértigo, están en la cocina…

   —Estoy bien, Paula —interrumpió ella—, pierde cuidado…

   —Insisto —me levanté de la silla para ir a buscar las píldoras.

   —Iré contigo, quisiera ver tu cocina —dijo con inusitado entusiasmo al tiempo que se levantaba de su asiento—. Volveré enseguida —le dijo a Elías.

   Cuando ella y yo nos dirigimos a la cocina, pude sentir la mirada de Elías sobre mi espalda.

   —¿Esta es tu cocina? —sus ojos se pasearon por todo el lugar como tratando de cubrir todo el ámbito de una pasada.

   —¿Te gusta?

   —Es muy grande, incluso más que la nuestra —dijo refiriéndose a ella y Elías.

   —Me alegra que te guste… —abrí la puertezuela de la alacena y extraje un frasquito de Furancelidina—. Aquí están ¿te sientes mareada todavía?

   —No —dijo—, necesitaba decirte que me gustaría venir a visitarte más seguido. Tu casa es adorable, Paulina.

   Su voz sonaba muy dulce y su mirada estaba más viva que nunca. En definitiva el mareo había remitido.

   —Mmm de acuerdo, creo que podrías venir mañana si gustas —le dije. Era un tanto difícil negarse ante su profundo interés.

   —¡Vale! La pasaremos genial, ya verás. Traeré ponché —me avisó cerrando un ojo.

   De pronto, Elías apareció en la puerta.

   —¿Está todo bien?

   Alexandra dio un respingo.

   —Excelente —contestó ella—. Con paulina hemos quedado para reunirnos mañana.

   —Me parece bien. Se hace tarde, creo que deberíamos irnos.

   —Tienes razón —dijo ella.

   —Pero… aun no es tan tarde. Además no han probado el postre —protesté.

   —Lo sé, pero me gustaría pasar un tiempo a solas con mi prometida, si no te importa —puntualizó él.

   Las palabras de Elías cortaron el aire sin censura ni atenuaciones de otra categoría. Enseguida le dedicó una mirada llena deseo a Alexandra y esta sonrió con naturalidad mientras se rascaba la nuca y sus mejillas encendidas disminuían el rubor.

       Esa noche los prometidos se marcharon con prisa. Newton fue incapaz de contener la risa una vez que hubo cerrado la puerta. La urgencia sexual de los amantes había resultado ser muy divertida; Yo me sentía agotada, y dado que nuestros invitados habían decidido “comer el postre en casa”, el tiramisú quedó sobre la mesa junto con todo lo demás mientras Newton y yo nos alistábamos para dormir.

       Eran la una de la madrugada y yo no lograba cerrar los ojos. Seguía pensando en la mujer que había llamado esa noche por teléfono… Creo haberme dormido hacia las dos, no estoy segura. Sentía el cuerpo pesado y también sentía como se movía Newton en la cama, dándose vuelta hacia mi lado. Me abrazó.

   —Newton —susurré

   Me besó en el cuello provocándome cosquillas.

   —¿Qué haces? —le dije

   —Abre los ojos.

   Cuando lo hice vi un par de esposas colgando sobre mi nariz.

   —¿A caso es una broma?

   El rostro de Newton lucía muy pícaro y a pesar de la penumbra, sus ojos despedían un brillo tierno sobre mi rostro.

   —No —me contestó

   —¿No puede esperar?

   Su rostro se ensombreció, el brillo se apagó.

   —No estarás viva para entonces.

   Abrí los ojos de pronto y mi corazón latía como si hubiese corrido un maratón. “No estarás viva para entonces” —dijo.

   Newton roncaba jubiloso con su brazo rodeando mi vientre, durmiendo.

   A la mañana siguiente, luego que Newton fuera a trabajar, me asomé por el balcón. Observé durante un buen rato el jardín a ver si es que aparecía la mujer, pero en su lugar apareció Alexandra, que me saludo desde el jardín enérgicamente. Llevaba puestas unas gafas de sol oscuras y un sombrero de rafia que la hacía lucir relajada. También llevaba un vestido negro con lunares blancos que le quedaba ajustado.

       Bajé a abrirle la puerta.

   —¿Qué tal? —saludé.

   —¡Paulina! —su voz sonó muy emocionada, como si no nos hubiésemos visto hace nueve horas.

   —Permiso.

   —Adelante, estás en tu… casa.

   Debo reconocer que Alexandra era un tanto excéntrica, cosa que durante la velada no había notado. Parecía enferma en ese momento, pero ahora lucía de lo más fresca. Nos sentamos en el living y charlamos mientras ella me mostraba una revista de bodas llena de maravillosos vestidos.

   —Me encanta este, a pesar de que no es de mi talla… ¿estás sola?

   —Sí, Newton está trabajando ¿Por qué? ¿Qué sucede?

   —No… por nada —dijo.

       El interés inusitado y desmedido de aquella joven por mi compañía rozaba lo enfermizo. ¿Es que a caso no tenía más amigas? Estuvimos sentadas por dos horas antes de que decidiera marcharse de mi casa. Además, antes de irse, tuvo la maldita ocurrencia de invitarme a la suya esa misma tarde. Traté de zafarme de la manera más olímpica alegando que yo y Scott teníamos que hacer, pero me engatusó y el asunto quedó para el viernes.

       Por el momento, me encontraba a salvo de ella. Pero éramos vecinos, sería difícil evitarla a partir de ese momento, más aún después de haberla invitado a mi casa. Esa tarde me dediqué trabajar en el jardín. Había vastas cantidades de hiedra trepadora que habían perdido el rumbo y terminado agazapadas al jardín de los Nottingham. Las rosas que habían sido sembradas en invierno para que brotaran en verano permanecieron bajo tierra. Quizás la tierra de mi jardín estuviese mezclada con la de aquella familia tan lúgubre y extraña. Quizás eso aniquilaba toda posibilidad de vida. Llamé a Michael, nuestro jardinero.

Michael era un sujeto de cincuenta años con un gran conocimiento en plantas y flores. Solo una valla de mediana altura pintada de blanco separaba los jardines.

       Esa tarde Michael llegó muy animado y dispuesto a trabajar en lo único que sabía era bueno. Evaluó las condiciones de mi jardín y llegó a la conclusión de que era un espléndido sitio para plantar cualquier cosa, aunque me previno contra violetas de corta vida y gomeros inútiles que solo acaparaban espacio, pues no paraban de crecer.

       Michael y yo nos llevábamos muy bien, era un hombre de confianza. Mientras él arrancaba de cuajo las malezas frente a los pensamientos, yo me hallaba de rodillas sobre la tierra estéril, removiéndola con una palita y mezclándola así con el fertilizante que me había entregado. Cuando me encontraba haciendo eso, embobada por la fluidez y negrura reconfortantes de aquella tierra húmeda y olorosa, volví mis ojos hacia la casa Nottingham al tiempo que me limpiaba el sudor de la frente con el dorso de la mano.

       Un bellísimo canta-vientos bailaba al son de una brisa inánime y perezosa. El sonido era dulce y hacía pensar en fuentes de agua, violines y campos de lavandas. No imaginaba algo más bello, y eso me asustó, me inquieto demasiado la manera en que ese ornamento me seducía al punto de querer estar lo más cerca posible. De pronto me levanté y sin desearlo, caminé para salir del jardín y acabé dando la vuelta para terminar frente a la casa Nottingham. ¡Qué notas más bellas! ¡Qué regalo más sublime el de aquellas gotas etéreas que resonaban en el aire! Las observé con profundidad; cada cilindro plateado refractaba los rayos del sol tardío y parecía que el verano podía morir sobre ellos, dejándolos cálidos y cargados de energía.

   Una voz femenina susurró en mi oído:

   “No es aquí donde te necesitan”

       Un zumbido similar al de las abejas se cernió en mi memoria y se apagó al instante. Me despabilé y me encontraba de regreso en mi jardín, sintiendo la tierra fresca bajo mis rodillas peladas; miré la tierra y sobre ella descansaba una alianza de matrimonio que destellaba en medio de la negrura. La cogí y automáticamente leí la inscripción en el interior: “Elías Warren y Calista Monroe”, rezaba la leyenda. Una polilla negra me sobresaltó al posarse sobre mis labios y revolotear frente a mi rostro. Su chirrido era extraño. Voló sobre mi cabeza y luego viajó hacia la casa de Elías…

       Aquella tarde me dediqué a investigar a mis vecinos, los Nottingham. Me preguntaba cuál sería el significado de aquellas visiones; Aquella mujer extraña que me saludaba, la misma que había llamado por teléfono; la polilla, el anillo, el canta-vientos… debía hallar la conexión entre todas esas cosas. Pensé en acudir a un psicólogo, pero algo en mi interior me decía que dichos fenómenos no eran producto de mi imaginación, y si así fuese, tenían que significar algo, algo relacionado con mis vecinos.

       La única pista tangible con la que podía trabajar era la alianza con los nombres de Elías y una mujer que con toda seguridad era su difunta esposa, pero ¿Qué hacía ese objeto tan personal en mi jardín? Era obvio qué alguien lo había puesto ahí, nadie sería tan descuidado con algo tan preciado y significativo, pero lo que resultaba más extraño, sin lugar a dudas, era el lugar donde encontraba, justo en la parte del jardín que colindaba con el de los Nottingham.

       Yo y Newton éramos la pareja más reciente en el vecindario, tendría que hacer preguntas a quienes mantuviesen comunicación con Elías y en último término con su nueva pareja, sin embargo, podía ahorrarme la exhaustiva labor de preguntar uno por uno y pasar directamente a alguien que, con toda seguridad, sabía todo sobre todos.

      La invité esa misma tarde, Newton volvería tarde. Eso nos daría algo de privacidad a mi compinche informante y a mí.

   —Sé que es una pregunta extraña.

   —Todo lo que estás diciendo es extraño, querida. No sé si sea buena idea, pero quizás debas hablarlo con Newton…

   —Te lo estoy preguntado a ti.

   Amy volvió su cabeza hacia el cielo y expresó una profunda preocupación.

   —¿De dónde vienen esas sospechas? ¿Por qué crees que Elías tiene algo que ver con esa familia?

   —¿Por qué no me respondes?

   —La esposa de Elías desapareció hace tiempo, no sé mucho del asunto. Cuando llegué acá la tipa ya se había marchado y yo solo supe rumores. Algunos dijeron que se había marchado porque él trabajaba demasiado y ella pasaba sola mucho tiempo, lo típico.

   —¿Cuánto tiempo duró la búsqueda?

   —Un año. Hasta contrataron un psíquico, pero no sirvió de nada. Luego la declararon muerta.

      Sabía que aquello último era posible. En Alazor, las leyes en cuanto al proceder de una investigación que no daba con el paradero de la víctima, dictaban que esta fuera declarada muerta después de un año.

       Mi pequeña investigación había despertado viejos recuerdos de la universidad. Prefería luchar contra la idea de que quizá mi mente estaba elucubrando situaciones extrañas para suplir alguna carencia personal. Pero los hechos superaban a la realidad de una manera tan convincente que era como un grito en mi oído, un grito imposible de ignorar.

       Esa tarde, hablando con Amy, no me enteré de grandes cosas. No podía, por más que quisiera, preguntar a diestra y siniestra sin ser descubierta por Elías o Alexandra.

       Esa misma noche Newton y yo cenamos un delicioso puré de patatas con albóndigas picantes. Nuestra mesa bien iluminada bajo la araña de luces lucía elegante. La etiqueta era una cuestión que no reservaba solo para las visitas. Mi esposo y yo merecíamos pasar una noche romántica para relajarnos, yo necesitaba algo que me distrajese aunque fuese por unas horas de los sucesos extraños en el condominio.

   —Voy a sorprenderte esta noche, ya verás.

   —¡Cielos! ¿No piensas en otra cosa?

   —Estoy hablando de mi salsa de oporto —Newton mostró un jarrito de vidrio con una salsa oscura y rojiza—. En serio, amor, necesitas dejar de leer a J. L James.

   —¿Cómo sé que no has puesto algo en esa salsa para aprovecharte de mí?

   Newton dejó con delicadeza la salsa sobre una esquina de la mesa y me dedicó una profusa mirada que revelaba una confianza en no tener que recurrir a ningún truco para que yo me dejase querer por él.

   Y era verdad.

       Pronto la charla se avivó como nunca. La salsa sabía a una mezcla de vino, pimienta, remolacha, miel y semillas de cilantro. El sabor se complementaba con el exquisito licor que Newton había servido en mi copa.

   —¿Qué es? Creo que lo he probado antes —dije.

   —Pues claro, es lo que sobró del ponche de Elías.

   —Ya veo —En ese momento solo pude bajar los ojos e intentar sacudir ese nombre de mi mente.

   —¿Estás bien? ¿Te duele la cabeza?

   —No —le dije—. Estoy bien…

   —Vamos, dime qué pasa por tu mente.

   Me incliné sobre la mesa y le susurré:

   —¿Te he dicho lo mucho que detesto que me conozcas tan bien?

   —Solo un par de veces —respondió él—. Cuando lo dijiste por primera vez estabas ocultando que habías quemado mi corbata favorita…

   Me acerqué más y nuestras narices se rozaron.

   —Magenta con rayas pastel, un nudo reforzado como un corazón envuelto en papel; la corbata… —mis labios rozaron los suyos— que usaste cuando me propusiste matrimonio.

   Mi voz era inaudible, pero mis labios y los de él ya no hablaban con palabras, sino con besos suaves y caricias secretas…

       En ese momento dimos por terminada la velada, el postre quedaría en el horno, era yemas de huevo con azúcar, pero nada de eso me importaba. Newton me tomó entre sus brazos, me llevó hasta el sofá, y cuando se disponía a hacerme el amor… se quejó de un dolor en la rodilla.

   —¿Qué diablos…? —dijo.

   Con la mano izquierda extrajo de entre los cojines un par de esposas.

   —Newton… —en ese momento le clavé una mirada de incredulidad.

   —No son mías —su mirada también era de incredulidad.

   En esos momentos, conforme la pasión amainaba, mi incertidumbre crecía. Luego vi sobre la mesita del living, a tan solo centímetros de nosotros, el catalogo que Alexandra había estado mostrándome ese día. ¿Era posible que ella hubiese dejado las esposas también? Pero ¿Por qué?

       Le dije a Newton que Alexandra había estado en casa esa tarde. Fue difícil digerir la idea de que hubiese visitado la casa casual o deliberadamente con un par de esposas en la cartera y las dejase olvidadas en nuestro sofá. Newton no encontró nada mejor que hacer algunos chistes verdes sobre el asunto y se dirigió a la habitación. Era mejor cambiar de escenario amatorio.

       Mientras él se dirigía hacia allá y me hacía algunos comentarios sobre Alexandra me quedé observando aquella revista de vestidos de novia. La cogí entre mis manos y pasé con rapidez las páginas cuando una hoja blanca se deslizó entre ellas y cayó al suelo. Recogí la hoja, tenía algo escrito.

       “Ayúdame, me tiene secuestrada. No se lo digas a nadie. Te matará también. No podemos hablar. Él escucha todo lo que digo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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