Aidan

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Aidan

Ese día me despertó temprano la llamada. Era una voz repentina y algo temblorosa, le escuché decir que él había muerto anoche alrededor de la una de la madrugada. Cuando terminó de hablar, ―lo cual fue pronto― yo respondí con un «de acuerdo» y me dejé caer sobre la cama. Me quedé absorta una hora mirando cómo los acacios se mecían suavemente con la brisa mañanera. Pensé que todo era contradictorio, porque un día tan bello era difícil de arruinar con algo tan nefasto como la noticia de que tu esposo ya no vive. Había un silencio imposible de sobrevivir en ese instante. Mis ojos se anegaron de lágrimas. Sentí nauseas, pero no vomité. Solo me quedé echada en el colchón frío mirando los acacios, como si fuese yo la que hubiera… Me negué a creerlo. Endurecí un rato mi pensamiento en un intento inútil de aniquilar toda posible reflexión que derivase de la tragedia. Traté de respirar, pero el mundo se me hacia pequeño, tan pequeño…

       Sentí que era una pesadilla. Desde la noticia de su deceso hasta la celebración del funeral, todo sucedió con tanta rapidez y facilidad que dudé enormemente de lo que sucedía alrededor.

      No tengo hermanas así que conté con poca ayuda para los arreglos fúnebres. Scott y yo vivíamos en Landaw Avenue 77, una callecita adorable bordeada de arbustos de flores azules cuyo nombre jamás he sabido. Yo solo tenía una planta que cuidaba con esmero, una «flor del paraíso» que se encontraba en la orilla del rectángulo de césped delimitado con camotes y un par de chillones pero graciosos gnomos. Eso, hasta que un par de noches atrás Scott arrolló la flor con el costado izquierdo de la camioneta. Había sido un accidente, pero no puedo negar que me molestó un poco. Se me pasó pronto. De todos modos, había unas no menos atractivas y humildes bocas de dragón al lado izquierdo de nuestro jardín que compensaban el daño.

      Hubo momentos en los que el jardín llenó días enteros de mi vida, días que disfruté trabajando por aquí y por allá para hacer que luciese lo más hermoso posible. Eran días en los que yo sabía que al final vería a Scott ¿Qué más daba si él no reparaba en esos detalles? Él se daba cuenta a veces y me lo decía, pero esa no era la razón tras mis pequeños y constantes esfuerzos. Su amor era lo que me hacia disfrutar hacer todo bello. Para mí no había mayor goce, mayor felicidad que tener la certeza que había tomado la mejor decisión de mi vida al elegir compartirla con él. Siempre fue mi mejor amigo.

      Me casé con Scott hace tres años. Scott fue… lo fue todo. Fue mi cable a tierra, mi oportunidad de aprender el significado de la palabra amor. Casarnos fue algo muy fácil para nosotros, sentimos que se trataba de un mero paso para declarar nuestra relación que de principio a fin fue un nexo trascendental. Scott me enseñó lo que era la confianza. Siempre supe que estaba segura en sus brazos. Scott era profesor de literatura inglesa en la universidad de Coventry. Yo era una de sus alumnas. Ahí fue donde nos conocimos, nos enamoramos y comencé a sentir que había un caudal de afecto y magia inconmensurables dentro de su corazón. La forma en que me conversaba durante nuestras citas en su casa era excitante y maravillosa. Su voz era pastosa y era maestro en los susurros. Era como si me hablara siempre en secreto. Bueno, debíamos ser discretos porque yo era su alumna. Yo tenía veinticinco y él veintinueve. Recuerdo una cita en la que le confesé cosas que jamás me había atrevido a decir sola en voz alta; le conté acerca de lo sola que me sentía a veces, que la mayor parte del tiempo lo estaba y que incluso habiendo personas a mi alrededor, sabía que aquella horrible emoción, aquel estado mental enfermizo me acompañarían el resto de mi vida. Fui capaz de hablarle de mi madre y que cuando era pequeña, yo me moría de ganas por ser como ella, porque ella era preciosa y yo usaba frenillos. Scott me hablaba de su amor por los libros, de sus autores favoritos. Sus “Héroes”, los llamaba él. Scott era para mí el hombre más bello del mundo. Tenía unos pocos centímetros más de altura que yo. Mi coronilla llegaba hasta su nariz pequeña y respingona. Sus ojos azules se enmarcaban y ocultaban a la vez tras el cristal de los bifocales que usaba siempre. Su abundante cabello claro le llegaba hasta los hombros. Cuando estábamos acostados, y él dormía después de hacer el amor, yo se lo acariciaba y este se escurría entre mis dedos y lo podía planchar durante largos minutos y volver a esparramarlo en la almohada. Solo dormía unos momentitos, mis caricias y besos lo despertaban y él se desperezaba en un tris para retribuir mi cariño con sus labios cuya suavidad retengo en mi memoria, con cosquillas y prolongadas miradas que culminaban en besos aún más largos y charlas que llegaron al infinito.

      Junto a Scott superamos muchos obstáculos. Uno de ellos fue su temperamento. Después de irnos a vivir juntos atravesamos un periodo en el cual ya nada volvió a ser como antes. Fue como volver a leer el mismo libro favorito, pero con algunas páginas perdidas y ya sabiendo de antemano, que ni recuperarlas cambiaría el final.

      Una noche comenzamos a discutir acaloradamente, él me dijo que se sentía “harto”, que tal vez vivir juntos había sido una decisión muy precipitada. Hubo ironías, insultos, argumentos estúpidos… Y él empezó a subir el tono de voz. Me asusté, retrocedí, se tambaleó la mesa de arrimo y nuestro retrato cayó y se quebró. Él se llevó las manos a la cabeza, a la boca, se echó el pelo transpirado hacia atrás. Se me acercó y trató de ayudarme, me dijo que lo sentía al tiempo que me abrazaba y yo, estaba paralizada sin saber qué hacer o decir. Sentía dolor en el pecho y la cabeza, la sentí hinchada y una pena atroz me azotó por dentro. Eso fue lo más sola y destrozada que jamás me había sentido junto a él, porque dentro de todo lo que me dijo, dentro de todo su ataque, él me señaló lo inseguro que se sentía de lo nuestro. De ahí su ira.

Yo podía ver su impotencia de no poder manejar la situación correctamente.

      Fuimos al living a sentarnos y logramos mantener una conversación calmada. Yo logré entender que para Scott no era fácil pasar de un estado a otro. Antes todo era sencillo porque él estaba solo. Logramos, aún así, casarnos al mes después.

      Scott a veces era adorablemente incomprensible. Cuando estaba leyendo ponía unas caras muy raras. Era algo taciturno pero su inigualable y amplia sonrisa, ahora tan lejana y necesaria, me mandaba lejos de esta realidad y más cerca de la suya. Con cada beso yo experimentaba un sabor nuevo. «A veces, siento que no te merezco» le decía. «Creí que era al revés» me respondía.

      También trabajaba bastante delante del computador. Creo que escribía un libro y no me quería contar.

      En un hermoso hotel al norte de Londres, bajo cielos blancos y a veces despejados y con la vista posada en los atardeceres de Hyde Park, pasamos nuestra luna de miel. Ahí había un lago al cual estaba prohibido meterse pero convencí a Scott de entrar de todos modos. Fue más bien una “prueba secuencial”; me desvestí quedando únicamente con mi ropa interior; me precipité con la travesura viva en el estómago y el corazón hacia las aguas; me zambullí y salí a flote con el ritmo de un velero; disfrutaba con aquella sensación en mis piernas batiendo la incorregible pasividad del agua; miré a lo lejos buscando a Scott con las pestañas perladas de gotas de agua, mi visión estaba borrosa y de repente ¡Bum! el rostro de Scott emergió delante del mío salpicando agua para todos lados con su melena oscura. Nos reímos y besamos mientras que yo, una vez más me dejaba enamorar por sus ojos azules, esta vez sin los bifocales. Cielos ¿habían sido siempre tan azules? y su cabello, su cabello brillaba con la luz del sol y al apelmazarse hacia atrás por efecto natural del agua, su rostro lucía más amplio y juvenil. Nos abrazamos y sentí cosquillas en el plexo solar al sentir el de él. Se sumergió varias veces para jugar al tiburón y sorprenderme con su boca y manos en los momentos menos pensados. Fue una suerte que nadie nos hubiese escuchado.

      Cuando el sol despuntó y terminamos de ver el atardecer, salimos del agua después de unas cuantas jugarretas más. Nos vestimos y noté una cicatriz con forma de arañazo en uno de sus muslos.

Más tarde, después de descansar un rato mirando tele, bajamos a cenar. Disfrutamos opíparamente de las pastas con pollo a las finas hierbas. Scott amaba las comidas aderezadas con crema de leche. Él se sirvió dos porciones del mismo plato y yo le acompañé también, pues estaba delicioso. La rúcula con queso de cabra en cubitos fue una sorpresa para ambos. Devoramos cada bocado como si fuese el último que quedaba en el planeta. De postre nos servimos unas fresas cubiertas de crema y espolvoreadas con canela.

Lo observé cómo comía y me pareció tan divertido.

―Hum ¿Sucede algo? ―me preguntó esbozando una sonrisa y moviendo los ojos tímidamente―. ¿Tengo comida en los dientes?

―Me gusta mirarte cuando estas comiendo. Bueno, para ser sincera, si de mirar se trata me gusta observarte desde todos los ángulos y en cualquier circunstancia.

  Una pieza de Bob Acri inundó de pronto el ambiente.

―A mí me gusta comer.

―¿Y…?

―¿Y… ? ¿Saborear? ―Scott rió― No sé qué esperas que diga, francamente…

Y así, todo lo que dijo durante la velada, por algún extraño motivo me resultó muy mono.

―No me engañas, yo sé lo qué planeas.

Scott me miro impertérrito. Mi marido era un hombre serio hasta el punto de ser cómico. Bajo esa coraza se movía un flujo de pensamientos y emociones profundos.

―¡Cielo, es una broma! eres muy fácil.

―Y usted una señorita muy arrogante. ¿Ves? ahora tendré que ser honesto. Y no sabes cuán mentiroso soy… ¿de qué te ríes?

―¡Por dios, lo lamento! es que tienes una ramita de romero ahí arriba ―señalé con el índice sobre su boca.

―Ya lo sabía. Me gusta donde está, déjala ahí, es chic.

―Te amo ―le dije.

  Y me besó.

      Tras una conversación sobre solo dios sabe cuántos temas, que tomaron múltiples direcciones y nos mantuvieron hasta las una y media de la madrugada en la mesa, con Scott decidimos que era hora de ir a no dormirnos a la cama.

      Llegamos a la puerta. No tenía ni una pizca de sueño. Iba a abrir la puerta cuando Scott me cogió suavemente la mano y me miró con ojos sonrientes ¿era posible algo así siquiera? sacó de su bolsillo una venda concho vino de seda y la ató alrededor de mis ojos cubriéndolos por completo. Mi corazón dio saltitos. Le escuché abrir la puerta, me condujo de la mano y percibí un delicioso aroma a Azahar ―mi flor preferida―.

―Puedes quitarte la venda.

   Me la quite y mis ojos, mi alma, se llenaron de felicidad y ternura. Ante mis ojos había una habitación decorada de Azahares por todos lados a la luz de una docena de velas repartidas por distintos lugares. La luz destellaba en mis ojos húmedos y sobre la cama, había un corazón de pétalos de rosa de un color que daba igual porque era bello.

―Scott…

―No. No digas nada ―me dijo acercándose y acariciando mi cabeza, mi cabello, mi rostro. De pronto, algo lo detuvo.

―¿Qué pasa?

―Iré al baño, Hum, creo que… me duele un poquito el estómago. Puedes sentarte en la cama por mientras, regreso enseguida.

      Pasaron más de diez minutos y Scott salió del baño, se veía algo pálido y agitado. Le pregunté que si todo iba bien y me aseguró que se sentía mejor.

      Esa noche hicimos el amor como pocas, me tomó entre sus brazos y me hizo suya una vez más. Me sentí bendecida y segura, amada y consentida, vulgar y atrevida. Toqué su muslo y pude palpar el rasguño que había visto cuando salió del lago. Sus brazos tenían unas pequitas singulares. Todo giró y se fundió en mi mente como una acuarela de estrellas inquietas.

      Pareciera como si todo aquello hubiese sido ayer. Qué diablos, ¡hoy! Pero hoy, él ya no junto a mí.

      Scott falleció hace cuatro años, pero yo recuerdo todo con una lucidez increíble pues estuvimos casados cinco años. A veces me parece muy poco, aunque no puedo negar que pasamos tantas cosas juntos que bien pudieron ser diez años en otra galaxia traducidos al tiempo mortal.

      Pasaron tres días ―no estoy muy segura― y se celebró el funeral. Para ese momento yo había recuperado algo de cordura y perdido bastante de mi calidez personal. Qué tonta me sentía entre tantas personas, entre la familia de Scott y la mía, todos sentados ahí enfrente del ataúd. Mis ojos rehuían de lo que había dentro «no es Scott» me decía a mí misma sentada y apretando la pena en la garganta junto al Azahar que sostenía entre mis manos. Volví a sentirme igual que hace tres días, cuando me llamaron para darme la mala noticia de que mi esposo había muerto de una maldita enfermedad de mierda que jamás me contó ¿por qué en esos cinco años, sencillamente no me lo confesó? Me dolió saberlo así. Una enfermedad silenciosa. Una de esas que le dan a uno de cada mil habitantes, pero él lo sabía y me lo ocultó seguramente para ahorrarme dolor. Vaya cosa en ese momento, sentada frente a su cadáver tan pálido y tan hermoso. ―entre la pena y la rabia, mis ojos viajaban solos hacia él―. Volvía a revivir el amargo momento, la pena, el miedo, y las nauseas. Me sentía tan mal que tumbé sillas cuando salí corriendo de ahí. Corrí lo más lejos que pude y llegué hasta una gruesa y maciza lápida de piedra grisácea. Me aferré a ella con ambos brazos como un náufrago y vomité. Lloré, lloré con ganas y con una voz en mi cabeza diciéndome muchas cosas, que todo iba a estar bien, pero yo me rehusaba a creerlo. Miré la lapida y decía «Aidan Morgan, amado esposo y padre».

―¡Violet! ―gritó la hermana de Scott que se aproximó corriendo hacia mí― Violet ¿estás bien? ―sus ojos me miraron con aflicción. Yo me quedé en silencio un momento.

―Estoy bien, gracias por preocuparte ―le dije con la calma y amabilidad que ya no tenía―. Solo… me he sentido mal y he venido acá… No quería estar allá.

―¿Segura que estas bien?

      En ese momento, estuve a punto de estallar y decirle a Audrey que me dejara sola cuando me sentí más fatigada que antes. Recordé mis ganas de vomitar, recordé que las tuve en la mañana y ahora otra vez. Ese día, horas después del funeral, fui al médico y me dijo que tenía tres semanas de embarazo. Audrey me había acompañado y juntas lloramos de la emoción. Una sensación de alegría nos embargó y yo sentí la maravilla que cargaba en mi vientre: Sentí a Scott. Conversamos bastante con el médico acerca de la enfermedad de Scott y nos dijo que era hereditaria, y que sería necesario un examen al tercer mes de embarazo para determinar. Sin embargo, nada, nada de lo que apareciese en ese examen me haría daño, pues estaba decidida a amar a mi hijo o hija sin importar si tenía o no la enfermedad.

      Pasaron tres meses y me sentí cambiar. Sentía a Scott en mí y reflexionaba acerca de lo mucho que él debía de haber sufrido ocultándome su condición, sobre todo la noche de nuestra luna de miel y las otras que vinieron después. Durante la mañana del primer martes de agosto fui a ver al médico para hacerme el examen, para determinar si «Aidan» ―ese sería su nombre, yo sabía que era varoncito― había heredado la misma enfermedad de Scott. Los resultados arrojaron que Aidan no tenía dicha mutación en el cromosoma quince.

Todo iba a estar bien.

      Han pasado cuatro años desde la muerte de Scott. Yo disfruto los atardeceres de Hyd Park a la orilla del rio junto mi pequeño Aidan, que es el vivo retrato de Scott. Tiene sus ojos, la forma acorazonada de sus labios. Es todo papá por donde se le precie. Cuando nació Aidan tomé la decisión de irnos a vivir Hyde Park, quería estar cerca de casa, de mi corazón que jamás abandonó ese lago. A Aidan le encanta ir a nadar al lago, el mismo donde yo y Scott compartimos momentos llenos de romance, de pasión, de alegría.

De vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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